Campos de refugiados: la juventud solidaria

Artikel veröffentlicht am 18. Oktober 2017
Artikel veröffentlicht am 18. Oktober 2017

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Mientras los jefes de Estado y las instituciones europeas continúan reflexionando sobre la suerte que les espera a los cientos de migrantes que llegan a diario a las costas europeas, Camille y Alyssia, como tantos otros jóvenes y no tan jóvenes voluntarios, han optado por estar directamente sobre el terreno y ayudar «aquí, donde verdaderamente lo necesitan».

Ante la gran cantidad de imágenes sobre la crisis migratoria que asola a Europa, Camille y Alyssia, dos jóvenes estudiantes, han tomado la decisión de no quedarse en sus casas. Los motivos de esa decisión son diferentes. A la pregunta de por qué han ido y en qué momento lo habían decidido, las dos responden que «no lo sé realmente», que era una «evidencia». Para Camille, originaria del norte, «siempre he vivido al lado de Calais y siempre he visto migrantes y asociaciones que se dedican a ayudarles, por lo que evidentemente también he querido participar». Alyssia también es originaria de una zona de tránsito migratorio. Natural de Niza, conoce muy bien las tensiones en la frontera italiana. Recientemente, Cédric Herrou ha sido condenado a cuatro meses de prisión con suspensión de la pena por haber ayudado a unos 200 migrantes a cruzar la frontera italiana por el valle del Roya.

Mientras Camille estaba de Erasmus en Turquía, concretamente en Estambul, en enero del 2016 no lo dudó. «Se veían refugiados sirios en cualquier lugar de las calles, sus necesidades eran realmente alucinantes. Traté de buscar una asociación para trabajar de voluntaria, pero no la encontré. Mejor dicho, quedaba demasiado lejos de mi casa. Me enfrentaba a la gente que me decía: "¿Pero por qué quieres hacer eso gratis? No lo hagas, búscate un trabajo a jornada completa". En ese momento me di cuenta de que la isla de Lesbos estaba muy cerca de Turquía. Me quedaba un mes en Estambul antes de regresar a Francia, así que me fui».

Para Camille, Lesbos es un caos

Sin ningún contacto en la isla, y solo con informaciones recogidas en grupos de Facebook, Camille llega a Lesbos con un plan en la cabeza. Sabe que no se quedará mucho tiempo, pero quiere dejar huella. Organiza una campaña de financiación participativa y espera que en el mes que va a estar allí se puedan recaudar 1000 euros. Con ese dinero tiene pensado comprar ropa, sábanas y calzado en Lesbos. Sin embargo, al entrar en contacto con otros voluntarios y asociaciones se da cuenta rápidamente de que no es eso lo que necesita el campamento. «Ya el segundo día, en el campamento de Moria, me encontré con una persona que dirigía la asociación Better Days for Moria (Moria es una antigua prisión de la isla de Lesbos en la que la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados-ACNUR se instaló para recibir y prestar ayuda a los migrantes. Alrededor de ella se fue creando un campamento de manera informal, dirigido por la asociación Better Days hasta que sea desmantelado, pues los migrantes ya no llegan a Lesbos desde el acuerdo firmado entre la Unión Europea y Turquía, ndlr.), le expliqué que tenía dinero y que podía comprar ropa, calzado, etc. Me respondió que era muy amable, que todo el mundo quiere hacer eso, pero que eso no sirve de nada porque no tienen sitio suficiente para almacenarlo. Una gran parte del campamento está llena de agua: es desmoralizante, y no se puede aprovechar. Lo que realmente se necesita es dinero para comprar combustible de cara al invierno. Rápidamente informé a mis donantes del cambio de plan a través de mi blog». 

Sobre el terreno, Camille se entera también de que otra asociación, demasiado endeudada, ha suspendido sus actividades: Dirty Girls. Sin embargo, esta organización ha tenido la ingeniosa idea de recuperar la ropa mojada que los migrantes abandonan en las playas, con el fin de lavarla y secarla para dársela a otros migrantes que llegan. Con los 500 euros que Camille va a darles, la asociación puede retomar de momento sus actividades. «Me enviaron detalladamente una lista con la ropa y el calzado que pudieron lavar y secar con ese dinero, y yo lo publiqué en el blog. Fue muy motivante ver cuánta ropa habían podido reciclar con los 500 euros».

Camille y Alyssia participaron también en misiones dentro de los campamentos. En Lesbos, Camille se ocupa de limpiar el campamento, recibir a los migrantes que llegan a las playas con ropa limpia y seca, y estar ahí para echar una mano ante cualquier situación de emergencia. Metida de lleno desde su segundo día en la realidad del día a día, tiene que desplazarse rápidamente junto con otros voluntarios a la otra punta de la isla, donde se han instalado los migrantes a la espera de que los ferris, en huelga, retomen su actividad.

Alyssia y el campamento «idealizado» de Elpida

Alyssia vive una experiencia completamente diferente. En el campamento de Elpida, en Tesalónica, no va a ayudar a «migrantes» sino a «residentes». El campamento, construído en una fábrica abandonada, tiene como objetivo acoger a familias lo más dignamente posible. La iniciativa, llevada a cabo por tres asociaciones (The Racliffe Foundation, Better Days y Médicos sin fronteras), solo tiene tres semanas de existencia. «La mayoría de las habitaciones estaban hechas, así como los baños, pero lo que no había era cocina», cuenta la joven. El campamento que descubre la estudiante quiere ser un modelo para Europa: un jardín, equipos de voluntarios se intercambian las actividades, residentes implicados en la vida del campamento, paneles solares... El objetivo es «que un día ya no necesiten a las asociaciones».

Mientras tanto, es difícil saber qué hacer para ser útil, en especial porque nada más llegar Alyssia fue puesta al corriente: «Ten cuidado de no establecer una relación muy cercana con los residentes si no te vas a quedar mucho tiempo, no les hagas promesas que no puedas cumplir». Efectivamente, en esas condiciones, los lazos de unión pueden establecerse con mucha rapidez. Los migrantes comparten sus historias, a veces durísimas, con los voluntarios. «Por ejemplo, había un chico de dieciocho años que había perdido a toda su familia y estaba completamente aislado, sobre todo porque era kurdo y no hablaba árabe. Solo se relacionaba con un grupo de voluntarios, pero los voluntarios se fueron. Cuando yo llegué, estaba hecho polvo». Como en todo engagement, surgen las dudas. Alyssia a veces tiene miedo de hacer más mal que bien. «Es fácil tirar por el lado malsano y peligroso del humanitarismo».

Alyssia eligió hacer lo que mejor sabe hacer: transmitir la alegría de vivir. «Decidimos venir todos los días con la sonrisa en los labios». Compartió momentos únicos con los migrantes y sus familias, sobretodo cuando estaba al frente de la «tienda», donde se reagrupan todas lss donaciones de ropa que reciben las asociaciones. Cada familia puede venir y equiparse.

«Del caos surge la luz»

Las dos se han quedado maravilladas, maravilladas de ver cómo en medio del caos, hombres y mujeres tienen la capacidad de organizarse, de crear cadenas de solidaridad. Camille, estupefacta, se percató de que la mayoría de asociaciones de Lesbos habían sido creadas por locales. La primera asociación en las playas de Lesbos, creada por un jubilado, no era más que en una caseta en la playa desde la que el anciano suministraba comida. «Hay que imaginarse que en aquel momento llegaban todos los días 100 barcos y que cada barco contiene una media de 20 personas. Era un no parar. A día de hoy, llegan 2-3 barcos diarios».

Tanto en Lesbos como en Tesalónica, las ganas de ayudar ha propiciado el encuentro entre hombres y mujeres de todas las procedencias. Algunos, entonces de vacaciones, decidieron quedarse. Banqueros, aseguradores, estudiantes, especialistas en logística, médicos... pocos has seguido una formación en tareas humanitarias, tal como nos señala Alyssia. Sin embargo, allí están.

Las experiencias de estas dos estudiantes han sido totalmente diferentes, pero cada una de ellas ha llegado a la misma conclusión: esta no será la última vez. Ambas han hecho prácticas en ONG humanitarias y han seguido participando en ese gran movimiento de solidaridad. Alyssia, dentro de SOS Mediterráneo, se encargó de recolectar fondos en Grenoble. Lejos del barco mediático que salva a los migrantes en alta mar, comparte su sentimiento de utilidad. «Es una cadena de solidaridad. Para poder funcionar, el barco necesita once mil euros al día. El 99% de los recursos de la asociación provienen de donaciones privadas. Tender la mano, hacer pequeñas cosas... Todo el mundo puede ayudar, aunque no tengas gran cosa. No quiero formar parte de esa gente que, dentro de 20 años, se le señalará con el dedo acusándoles de no haber hecho nada en esta crisis humanitaria», espeta.

¿Qué pasa con la política de la Unión Europea y su gestión de la crisis migratoria? Para Camille, esa no es la cuestión. «El humanitarismo no consiste en hacer política, hay que estar allí donde se sufren las consecuencias de esas políticas».

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